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Monólogo: El paleto y las bromas de mi pueblo

Miguel Gila no era de pueblo, pues nació en Madrid, en el barrio de Chamberí, pero en este monólogo crea un personaje con el que llevando a la caricatura las bromas que algunos bestias hacían en los pueblos, consigue hacernos reír de las mayores barbaridades, que algunos consideran como bromas.

 

Texto del monólogo: El paleto y las bromas de mi pueblo

Les voy a contar las bromas de mi pueblo, pero se las quiero contar tal como las cuentan los muchachos del pueblo los domingos por la tarde cuando se ponen en la plaza a filosofar.

Un día le dije a uno que tienes la boca abierta. Ya lo sé, si la he abierto yo.

Anda que las fiestas que celebramos todos los años en el pueblo, meca… jajajaja.

El año “pasao”, el primer día “pa” empezar, la cucaña, pusimos en mitad de la plaza un palo redondo “huntao” con jabón y en to el alto un jamón y el que lo alcance “pa” él y tos los muchachos esperando abajo con las navajas abiertas y al que se resbalaba, hala “parriba” jajajaja. Alguno se paso el jamón de largo jajajaja.

Al día siguiente el campeonato de fuerza. Pusimos en mitad de la plaza una piedra, “asin” de gorda y desde una carrerilla así de unos quince metros a destrozarla a cabezazos. La destrozó el Eusebio, de dos cabezazos y cuando le íbamos a dar el premio, el “desgraciao” se muere jajajaja por fanfarrón, porque dijo yo sin boina a cabeza limpia jajajaja.

Bueno, ya veis en fiestas lo pasamos muy bien porque somos muy amigos de las bromas.

Me acuerdo yo hace años cuando pusieron los hilos de la luz, de alta traición, que le dijimos al Indalecio que eran “pa” tender la ropa, subió “parriba” se engancho, meca… jajajaja. Cuando cayó al suelo parecía la ceniza un puro, jajajaja Dice el alcalde, que no sople nadie hasta que no venga el juzgao jajajaja y el “desgraciao” del médico diciendo, dejadme que le pongo la “indición” del tuétano, jajajaja. Y lo que nos reímos, meca… Hasta su padre, dijo, me habéis “dejao” sin hijo pero me he reído, jajajaja.

Porque el padre había sido muy bromista. El padre un año por las matanzas, “tos” los polvos venenosos que le habáin “dao” en el sindicato “pa” matar al escarabajo de la patata, los metió en una morcilla, así “apretujaos”, se fue “pa” la cantina, ¡prueba!, ¡prueba! ¡prueba!  Decía el tío Gurriato, “paece” que pica un poco, jajajaja. Fueron sus últimas palabras.

Y broma buena, la que le gastamos al boticario, que en paz descanse desde entonces. Tenía la botica de guardia, y despachaba por un ventanuco, le pusimos la receta un poco lejos, sacó la cabeza “pa” leerla, y con un cepo de cazar lobos, clack, jajajaja y su mujer se enfadó, la tía asquerosa. Como le dijo mi madre, si no sabe aguantar una broma, márchese del pueblo.

Y broma buena, la que le gastamos al Antolín, el día de su boda. Cogimos a la novia, se la tiramos al río y al Antolín le metimos una mula en la habitación, jajajaja y hasta que no se hizo de día, no se dio cuenta jajajaja. Y a la mañana siguiente, cuando le preguntamos, dice, -no ya le notaba pelusa en el hocico – jajajaja, pues anda que no se nota, menuda “diferencia”,  en el tamaño de los dientes. Y como le dijimos todos y ¿el rabo qué? Dice – no creí que era una trenza- jajajaja.

Cuando mejor lo pasamos es en las bodas. Cuando se casó el Eulogio, le tapamos todas las ventanas con barro, se levantaba y decía –todavía es de noche- y se acostaba otra vez.

A Gila no le gustaban nada las bromas crueles

Es curioso como Miguel Gila convirtió en increíbles monólogos aquello que odiaba: la guerra y las bromas crueles, mal llamadas en muchas ocasiones “novatadas”.

Gila fue víctima en su época de aprendiz en la empresa Boetticher y Navarro de una de esas crueles bromas, de la que por supuesto se vengó de todos sus participantes con ingeniosas faenas.

Como muchos jóvenes de la época, aunque ya habían luchado en la guerra, fue llamado a filas, pues Franco quería reunir un ejército numeroso ya que estaba dudando si entrar en la Guerra Mundial o no. De manera, que no le quedó más remedio que volver de nuevo a formar parte de la tropa de aquella época.

En el ejército gozaban de un peculiar sentido del humor, en el que la humillación era el ingrediente favorito de las usuales “bromas”:

“La humillación en el ejército siempre está latente. La humillación nace  generalamente de los de menor graduación , y se transmite a los soldados veteranos, que la ejercen con los reclutas que cada año se van incorporando a cumplir con sus servicios  a la patria. La maldad, al igual que la viruela y el sarampión, es contagiosa. En los cuarteles son muchos los que se contagian de esa maldad. O tal vez la llevan dentro y se les despierta para practicarla con los más débiles o los más ignorantes, se llaman novatadas a un sinfín de crueldades…

… Siempre he tenido un gran respeto por la gente ignorante, por los que por su condición humilde no han tenido acceso a la cultura. Una de las cosas que más satisfacción me dio durante la guerra fue enseñar a leer y a escribir a los analfabetos. De ahí que nunca fuese partidario de ninguna de las bromas cuarteleras si éstas suponían una humillación hacia el muchacho recién llegado del pueblo. Tan sólo intervine en un par de ellas y lo hice porque me  brindaban la oportunidad de crear un personaje y probar mis cualidades de actor.” (De Miguel gila “Y entonces nací yo”.)

He de decir que a mi nunca me han gustado las bromas en las que se “toma el pelo”, se disgusta o hace sufrir a la gente de forma innecesaria, de manera que comparto totalmente con Gila su animadversión hacia las bromas pesadas y sin embargo, me encanta el buen humor y reírme a carcajadas.

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